viernes, 4 de enero de 2013

Voy como de un alma a su quehacer de plumas



Voy como de un alma a su quehacer de plumas,
como algo camaleón,
que un engaño incuba,
que ese par de facetas de una escoba
no es un monte,
ni un desdén
 ni alguna espuma.

Quiero querer la quiera de una oruga,
de una mujer de aquí o de donde suba,
pero la soledad a ser de no solo de mi,
de un as me fuga.

Cuánto asco me da la novedad,
sino cambia mi vida de una rama
¿cómo va a cambiar el espanto del gallo que no brama?

domingo, 30 de diciembre de 2012

Reseñas de discos. Love of Lesbian La noche eterna. Los días no vividos.



Reseñas de disco

Love of Lesbian

La noche eterna. Los días no vividos.

Por las canciones de este disco desfilan seres anónimos y noctámbulos entre reales y ficticios (Bonnie and Clyde, bailarines freakis desinhibidos, príncipes del mal, equilibristas) que protagonizan historias cortas sobre el telón de fondo de cualquier gran ciudad. Estos personajes, que se desenvuelven entre lo fastidioso, lo insípido y lo humorístico, son contemplados por un testigo que pasa a su lado por esas calles y edificios, a cuestas él también con sus ciclos de soledad, quien los ha retratado a lo largo de dieciocho canciones.
            La primera parte del disco —a mi juicio uno de los mejores del año que termina— se titula La noche eterna y en ella se nos cuenta, según Wikipedia “todo lo que puedes llegar a vivir durante la noche”. La segunda parte, llamada Los días no vividos aborda la otra cara de esa moneda: todo eso de que te privas por preferir vivir por la noche.
            El disco ha sido producido por Ricky Falkner Miracle (que ha colaborado en trabajos de músicos catalanes de música indie como Egon Soda y Standstill), Florenci Ferrer Prat y Santos Berrocal (quienes también han trabajado con músicos catalanes como Sanjosex, Sidonie y Supersubmarina,). De hecho, las canciones de La noche eterna. Los días no vividos no evitan ese aire de familia que se puede detectar en varios grupos de la escena de la música indie de la región catalana española, de la cual Love of Lesbian es un representante destacado.
            Pero, además, los matices sonoros de este trabajo discográfico hacen evocar por momentos producciones como A Rush of Blood to the Head, o X&Y de Coldplay y hay quienes también han reconocido en este trabajo de Love of Lesbian “alusiones a Abba, Bowie” (Fernando Neira, en El País), por ejemplo en Si tú me dices Ben, yo digo Affleck, tercer corte del disco, mismo que ha sido llevado a la pantalla por Jesús Hernández (realizador de clips para artistas como el cantante español de música rock Ivan Ferreiro y Nena Daconte, proyecto musical de la cantante y compositora española Mai Meneses) en un video del que puede decirse cualquier cosa (que es raro, incoherente, alucinado), pero que si haces a un lado los prejuicios te dejará colgado.
            En todo caso, se agradece en este disco una búsqueda por expresar ambientes y concepciones musicales un poquito más ambiciosas, en ocasiones muy arriesgadas, de las que estamos acostumbrados a escuchar todos los días.


domingo, 23 de diciembre de 2012

Atardecer en Pieter



Momentos

Arriba y en medio del hacha con la que corta el tiempo,

el hombre de los momentos sujetó unas cintas:

levanta esa criatura al aire esas migajas de color

y vuelan sesgadas y en trozos las partes del día.

sábado, 10 de noviembre de 2012

A distancia ya de una mirada



Mientras íbamos a esa boda Rubalcava me decía que no hay como un casorio para deshacer una mala racha de varios meses sin vieja: “a lo que vienen se atienen —decía de las muchachas que según él iban a estar en el jolgorio aquel— así que mejor se previenen”. No por nada, pero a esa hora el bochorno se estaba poniendo color de hormiga, por eso nos animó que, luego de un rato largo manejando entre esas terracerías de dios, oímos unos como rezos y cohetes y música que bajaba y remontaba y que nunca llegamos a saber bien a bien de donde venía. Luego de un rato no oímos nada más y el caso es que de plano no terminábamos de llegar al lugar donde nos dijeron que era el casorio. Puro campo mirábamos, puro campo y cielo raso.
            Para nadie es un secreto que cuando más tiempo se pasa uno manejando en medio del polvo y la canícula, más huele tu coche a fritangas y menjurjes y ya para esa hora mi ranfla parecía que se cocía por fuera y se comenzaba a poner como aguardentoso, negado para el servicio de limpieza, lejano de los lavabos, de las cubetas, de los enjuagues, de los grifos.
            Y de nosotros ni qué decir: poco más que nada nos duró el frescorcito del regaderazo que nos habíamos dado temprano esa mañana. Puro maneje y maneje y nada del rancho aquel que nos dijeron y menos de aquel cruce de caminos que era donde había que dar vuelta a la izquierda y que se supone no iba a estar más que a unos quince minutos del pueblo, donde según íbamos a encontrar luego luego la iglesia, para después irnos al convite.
            Pero nada, y tampoco naide a la vista para preguntarle por dónde andábamos. Entonces mejor pensamos en regresarnos. Mala idea, pues como todo estaba planeado para que don Leancho, que era el que nos había invitado, nos aclarara cómo regresar al entronque que tomamos para salirnos de la autopista pues ahora sin poder encontrarlo ni a él ni a un alma otra cualquiera pues no pudimos hacer otra cosa que desandar el camino y más o menos acordarnos por donde habíamos cogido para meternos a estos andurriales. Entonces me acuerdo que oímos de nuevo ese murmullo que parecía de música de jolgorio y como, por más que estirábamos los ojos no mirábamos nada por allí, me empezó a venir como un poquito de nervios y para colmo me invadió una somnolencia que me hizo sentirme todo lacio lacio: ¿no hasta le dije a Rubalcava, entre dormido y despierto, que si mejor manejaba él?
            Y no, no quiso el cabrón: que si ya nos faltaba poco para regresar, que si mejor me hacía plática para que no me durmiese (siendo que él ya estaba todo acurrucadito de tanto sueño que se le vino encima). Y en esas estábamos cuando allá a lo lejos vi un coche que venía de hacia donde nosotros íbamos ahora. Se le resbalaba el sol por todito su cofre y llegué a sentir que me lastimaba su patina de puro ardiente que parecía que estaba. Al verlo a lo lejos se me fue quitando el sueño. Pensar que no éramos los únicos que andaban por ahí me devolvió a la sensación de que no era nada del otro mundo andar perdidos en medio de la nada en un carro dos güeyes despistados.
            Ya se nos iba acercando el otro coche aquel. “Qué vaciado —pensé cuando estuvo más cerca de nosotros—, también es un tsuro gris y también parece todo traqueteado, igualito que nosotros”. “Y también van dos compas en él”. Ya estaba a unos metros cerca nuestro. Como que se balanceaba en medio de la resolana del mediodía. El compa al volante se adivinaba muino y cansado, como yo mismo. Ya no me acuerdo de nada más, sino que para entonces agarraba yo el volante por pura inercia y de que cuando tuvimos ese otro tsuru enfrente noté un bulto del lado del chofer: ese bulto, que estaba ladeadito y contrahecho, se alargó contra el vahído del aire y entonces se vio que no era un bulto sino un pelado del que se vio su greñero y que alzó la cara para mirarnos y cuando se nos quedó viendo yo a mi vez lo vi de frente y era (lo juro) el mismito Rubalcava que me veía con sus ojos de gato mientras el Rubalcava que iba a mi lado se alzaba de su lado donde él venía sentado y se ponía a mirar a los del otro coche y miraba, creo, lo que yo no podía entender ni saber qué demonios pasaba… Ya en ese momento no pensaba yo ni sabía que hacía, lo único fue que me parecía estar como en la mitad de un sueño y me dejé vencer por la somnolencia aquella que me volvió a invadir y mientras se me iban cerrando los ojos vi que el güey que manejaba ese otro carro no era otro que yo mismo que también, a su vez, veía lo que pasaba abriendo muy grandes los ojos y se le notaba en su cara (mi cara o la de él o la de quién sabe quién) un susto tan grande que mejor cerró los ojos para escaparse de lo que estaba presenciando.
            ¿Para qué me pongo a pensar que si fue verdad lo que nos aconteció? No me va a alcanzar ni el juicio ni me dan ganas de aturrullarme la cabeza y  nada más pensarlo me empieza a invadir otra vez ese como vahído que sentí aquel día. Mejor ni seguir la pista de ese embuste o lo que fuese que vivimos. El caso es que cuando ya todo pasó, estábamos debajo de un puente al que llegamos no sé como. No le dije nada a Rubalcava ni él me dijo nada a mí. Qué otra cosa íbamos a hacer si nos sabíamos, ni él ni yo, ni siquiera que pensábamos y estábamos tan espantados que creíamos que no nos escapábamos de un torzón tal que la boca se nos iba a quedar torcida y estreñida y vuelta a un lado y dislocada y chueca como los rayones que hacen los niños pequeños en sus cuadernos. Ya mejor olvidarse de eso, al fin y al cabo, lo más seguro es que nunca pasó.

jueves, 2 de agosto de 2012

Lejos del alcance


Caminaba como queriendo desprenderse de su paso, de su camino no andado, ni pensado, ni conocido de antemano, porque las cosas que uno conoce desde antes ya no son lo que uno  va a mirar , ya no son lo que uno va a andar, ya no son lo que uno va a entender. Era un simple hombre caminando en el espacio concedido a un hombre en una ciudad o campo o mina, que caminaba y ocupaba su espacio sin mirar a nadie.
            Para poderlo yo mirar a él, y darme cuenta de su andar y su pantalón descosido del borde de uno de sus bolsillos, tuve que ponerme a desatender la charla que me estaba dando mi novia. Ella habla pero a veces sus comentarios se me van quedando apartados tanto de mí, que no me apetece otra cosa que mirar y tratar de engañar su conversar.
            Pero para mirar y conocer, hay que entrar y despertar en uno mismo una curiosidad por los otros como no puedo uno sentir por uno mismo.
            En el caso de este hombre, me di cuenta de que era un hombre como yo: de mediana edad y mediana clase social. Con una mujer a su lado que también le daba charla y con esa atención suya a su mujer que era pura condescendencia o hábito. Entonces, en un momento, nos miramos y nos pusimos uno en el lugar del otro y hubo tan poca diferencia que de pura pereza me volví a mi chica y me concentré de nuevo en lo que me decía: hablaba de que en el trabajo ya no le van tan bien las cosas.
— ¿Y no quisieras cambiar de trabajo? le pregunté para retomar nuestra plática
            Mientras, me despedía mentalmente de mis dudas y mis reflexiones y de mis sentimientos y mundos en que no hace falta decir nada, pues luego pasan las cosas, luego se las encuentra uno, luego te dedicas a averiguar qué pasó.